Bueno, hay muchas razones por las que ya no voy a antros. La principal para mi es todo el protocolo por el que tienes que pasar antes de entrar a uno. No sé si es igual en todos lados, pero por lo menos aquí en Guadalajara, entrar a un antro es todo un reto. Y es que mientras más elitista sea, más gente atrae. La gente, como podrán deducir, es estúpida. Parece que les gusta que los traten mal. Que un gordo horripilante acomplejado les diga que no son lo suficientemente valiosos para entrar a su changarro. Pero, ¿porqué? Porque cuando al fin entras, demuestras a toda la bola de idiotas que se quedó afuera, que tu eres mejor que ellos. Y mientras más rápido entras a dicho antro, más importante eres y más insignificantes son ellos. Mejor aún si saludas de beso a dicho sujeto, que, de día, jamás voltearías a ver por ser un pobre diablo.
En una ocasión que me encontré en esta situación, miré a mi alrededor e intenté calcular el valor monetario de la ropa de toda la gente que se encontraba a mi alrededor, apretándome cual vil sardina. Rebajándose, siendo tratados todos como un rebaño. Los empujones incómodos, la mezcla de olores de perfumes caros, los pisotones de zapatos cuyo costo podrían pagar la renta de mi departamento. Y luego analicé a sus portadores. Personas dispuestas a pasar por este mercado con tal de entrar al edificio donde tocarían música mala y tomarían vinos adulterados. Que horror. En ese momento me dije “¿qué jodidos hago aquí?” (en esa ocasión fui por que un amigo nos invitó y realmente quería que estuviéramos ahí con él. Desistimos, cabe mencionar, después de un rato y nos fuimos).
Pero la anécdota que les contaré hoy es una de las que se suman a mis razones por las cuales no pienso pisar un lugar de estos pronto. Como recordarán, alguna vez tuve el cabello rojo chillante. Llamaba mucho la atención. Encajaba perfecto en las raves, pero en otros lugares, la gente no dejaba de mirarme, algunos con asombro, otros con admiración y otros tantos con lástima. En ese tiempo, yo estaba en la escuela todavía. Y uno de nuestros profesores tenía como tradición invitar a su clase a cenar a su casa. Este profesor, tiene un hijo de nuestra generación y que fue amigo (novio) de uno de nuestros compañeros. Así que la noche que fuimos todos a cenar, este chavo nos dijo que tenía reservaciones para que todos nos fuéramos al antro más exclusivo y elitista de ese momento.
No nos dejó mucha opción a los que no nos gustaba ir a esos lugares además de que la mayoría de mis ex compañeros eran muy fresitas y les gustaba la faramalla. La verdad es que bien podría haber no ido. Pero fiesta es fiesta y con quien estés es lo básico para que sea buena o no, sea donde sea, así que me animé.
Llegamos a la entrada de este lugar, que estaba ya aperrado. El chavo que nos llevó, pasó inmediatamente hacia delante para hablar con la persona encargada de la cadena, pues no se explicaba como era que nos tenían esperando si íbamos con él (gran influyente). De repente los vimos discutir y el gordo feo volteó en mi dirección y apuntó. En ese momento me sentí como una hormiga. Peor. Más pequeña aún. Sabía que en este tipo de lugares, si no cumplías con los estándares del cadenero (ser guapa o destilar el aroma a millonario) no entrabas y no temían en decir en voz alta “eres muy fea para entrar aquí”.
“Tenemos un nivel, por Dios. Tu sabes que gente así de naca no entra a este lugar”, era lo que seguramente decía el imbécil este. Y si, eso decía en efecto. Y lo decía de mi. Yo era la razón por la que no entrábamos. Inmediatamente pensé en mi cabello. Seguro esa era la razón. Porque tan dada al catre no estoy, o eso quiero creer al menos. No tenía yo ninguna necesidad de ir a un lugar que ni me gustaba a que me hicieran sentir así y me arrepentí de haber estado ahí en ese momento.
El chavo volteó a ver en mi dirección, comenzó a reír y le dijo algo al cadenero, como dándole una explicación. Inmediatamente, quitó la cadena y todos entramos. Cuando le preguntaron a nuestro anfitrión cuál había sido el problema, nos explicó que la chava que estaba parada atrás de mi era demasiado naca como para entrar a este lugar, pero que le aclaró que ella no venía con nosotros.
Así que no era yo. Yo no fui la fea. No fui la naca. Si “merecía” entrar a ese lugar.
Pero esto no me dio ningún sentimiento de alivio. No dejé de sentirme mal. Porque aunque no fuera yo la razón por la que no entrábamos, el animal que tenía el control de entrada, se sintió superior a una persona que tenía el mismo derecho que cualquiera de nosotros de estar ahí. Y podría haber sido yo.